Author`s name Timothy Bancroft-Hinchey

EUA empurra economia mundial a redeflação

 Los EE.UU. están empujando a la economía mundial hacia la redeflación

La productividad en los Estados Unidos ha subido recientemente más de lo previsto, mientras los costos laborales aumentaron menos de lo anticipado. Normalmente sería una buena señal, pero éstos no son tiempos ordinarios. Ya se han perdido más de un millón y medio de puestos de trabajo este año, y lo peor está aún por llegar.


En las próximas semanas la demanda añadida declinará significativamente en relación al suministro. Las compañías están reduciendo febrilmente la capacidad en el mercado de la vivienda, los bienes de consumo duraderos, la industria automovilística y otros muchos. A medida que la sacudida negativa de la demanda se extienda por otros países, irá agudizando el declive mundial.


Está escrito. Históricamente, el comercio mundial ha sido impulsado por el descenso de los costes de transporte y las tarifas. Sin embargo, la Ronda de Doha fracasó este verano, mientras el Baltic Dry Index (BDI), un barómetro del comercio global, ha caído un 93%. Incluso el precio del petróleo se ha derrumbado desde los 150 dólares hasta menos de 50. Antes el petróleo barato era una bendición; ahora refleja la caída del comercio mundial, por primera vez en 30 años.


La economía norteamericana entró en recesión en diciembre del año pasado. Aunque la confirmación oficial llegó sólo recientemente, los hechos eran conocidos desde el verano anterior. Tras la burbuja inmobiliaria y la restricción crediticia, el índice Dow Jones ha caído en torno al 40-45% desde su cota máxima.


En los años 70 del siglo pasado la crisis energética llevó a la economía mundial hasta una estanflación; en otras palabras, un crecimiento ralentizado más inflación. Actualmente la recesión de los EE.UU. está empujando a la economía mundial hacia la redeflación, o recesión más deflación.


La gravedad de esta crisis es comparable ahora a las explosivas amenazas –una combinación de fuerzas recesivas y presiones deflacionarias– que pudieron verse por última vez justo antes de la Gran Depresión de los años 30.


¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
La crisis financiera global no se ha originado exclusivamente a partir de la crisis de las hipotecas subprime estadounidenses. Viene ya de los años 80, cuando la liberalización de los mercados financieros contribuyó en última instancia a la debacle de los ahorros y préstamos, y de los 90, que constituyeron un poderoso catalizador de la productividad y el crecimiento en los EE.UU. pero también dieron lugar a tasas bajas de interés y al crecimiento explosivo de derivados no regulados –las “armas financieras de destrucción masiva”, tal y como las ha llamado el inversor Warren Buffett.


Tras el derrumbe de la burbuja tecnológica a comienzos del siglo XXI, la economía necesitaba un estímulo. No obstante, el recorte de impuestos de la administración Bush no benefició a los EE.UU.


A medida que la política fiscal se hacía a un lado, la política monetaria tenía que hacer su entrada. La Reserva Federal respondió inundando la economía con liquidez. Hubo un tiempo en el que esa medida habría contribuido al crecimiento, pero tras la explosión de la burbuja de Internet el exceso de fondos no tuvo un uso productivo, sino que fue a parar a la siguiente gran burbuja: el mercado inmobiliario.


El objetivo original del mercado subprime parecía bien fundado: asegurar que la propiedad de una casa no fuera el privilegio de unos pocos sino una promesa para la mayoría. De la misma manera, la titulización no era algo negativo; hacía a los mercados más eficientes y contribuía al bienestar del consumidor. Y así sucedía también con Internet, que facilitaba y globalizaba esos rendimientos.


Sin embargo, la liberalización, la titulización y las transacciones a través de Internet condujeron en el siglo XXI a distorsiones masivas, alimentando además un mundo financiero nebuloso y sin reglas.


Las tasas de bajo interés y el fácil acceso a los fondos estimularon el préstamo imprudente y éste a su vez las hipotecas subprime, que facilitaron a los compradores de casas el acceso a una hipoteca para la que no estaban cualificados y que nunca podrían acabar de liquidar. Detrás de la fachada, los banqueros hablaban cínicamente de “préstamos-ninja” (sin ingresos, sin trabajo, sin activos).


Inicialmente la crisis de las hipotecas subprime era un problema norteamericano. En un mundo menos globalizado podría haberse quedado así, pero fue disfrazada en cambio de derivados erróneamente considerados “seguros”, mientras los bancos de inversión distribuían y empaquetaban por todo el mundo los riesgos, que luego se extendieron como una pandemia.


Pronto siguieron las ruinas multimillonarias, cuando algunos de los mayores bancos de inversión del mundo –de Bear Stearns a Lehman Brothers– tuvieron que reconocer que sus derivados no tenían apenas valor.
La crisis de las hipotecas subprime se transformó en una restricción crediticia cuando estos activos forzaron a los bancos a desapalancar rápidamente. Pronto la crisis afectó al préstamo interbancario a nivel mundial, y se transformó en una crisis financiera global. A mediados de octubre el sistema financiero global estaba –tal y como apuntaba Dominique Strauss-Kahn, presidente del Fondo Monetario Internacional– “al borde del colapso”.


El colapso fue evitado mediante una acción internacional resuelta y coordinada, después de que los líderes industriales mundiales se reunieran en Washington. Aunque las naciones del G7 todavía rigen la economía mundial, el crecimiento se concentra ahora sobre todo en las grandes economías emergentes y en los países productores de petróleo.


La iniciativa se desplazó por lo tanto a estas naciones del G20, a la vez que el presidente francés Nicolas Sarkozy subrayaba la necesidad de un Bretton Woods II. No obstante, el panorama ha cambiado mucho desde 1944, cuando fue creada la arquitectura financiera internacional de la posguerra.


Tras la Segunda Guerra Mundial se preparó durante meses la conferencia de Bretton Woods, liderada por unos Estados Unidos que por aquel entonces aportaban la mitad del PIB mundial y eran el mayor acreedor del mundo. Irónicamente, el mes pasado la conferencia del G20 en Washington duró sólo dos días y fue acogida por los Estados Unidos, que ahora aportan únicamente el 23% del PIB mundial y son el mayor deudor.


Los participantes se comprometieron a cooperar y formularon elevados objetivos, y se volverán a reunir el próximo mes de abril. Sin embargo, los mercados viven en tiempo real y no van a esperar. A pesar de los múltiples planes masivos de rescate en todo el mundo, los políticos han fracasado a la hora de mantener el flujo crediticio y apoyar el gasto.


En Washington, Obama está preparando un gran plan de estímulo, que se rumorea ascenderá al 4-5% del PIB de los EE.UU, unos 600-700.000 millones de dólares. La provisión de capital se percibe como necesaria para que los bancos recuperen la capacidad de préstamo y descongelen los mercados crediticios. El objetivo es estimular el consumo, que supone más del 70% del PIB estadounidense.


De hecho, aumentar la demanda del consumidor hacia bienes y servicios ha constituido un elemento clave del crecimiento de la economía, pero el nivel actual no resulta sostenible.


Entre los años 60 y los 90 el gasto personal, ajustado a la inflación, siguió las pautas del crecimiento general de la economía. Sin embargo, el patrón ha cambiado durante la última década.


Antes de que comenzara la recesión en diciembre del año pasado, la tasa de crecimiento de 10 años para el consumo era del 3’6%, frente a un crecimiento del PIB del 2’9% en el mismo período. La diferencia constituye una enorme brecha. Entre 2001 y 2007 el gasto extra ascendió a unos 3 billones de dólares; mucho de ese dinero fue gastado en el mercado inmobiliario.


El crecimiento global ha sido impulsado por los consumidores estadounidenses, que han estado viviendo por encima de sus posibilidades, y por los bancos que ahora se están desmoronando. El nivel de consumo de los Estados Unidos en el pasado ya no puede sostenerse.


Como era de esperar, el impacto se ha dejado sentir en primer lugar en las importaciones, contagiando la redeflación norteamericana a todo el mundo a la vez que provocando la desaparición del crecimiento orientado hacia la exportación.


La recesión mundial actual no es el resultado de fluctuaciones cíclicas, sino que refleja la transición estructural de la economía mundial de un crecimiento global impulsado por el consumo estadounidense a un nuevo tipo de crecimiento liderado por las economías multipolares.


El crecimiento global en el pasado ha dependido demasiado de una sola nación; en el futuro estará más diversificado y será menos arriesgado. Sin embargo, la transición no está exenta de peligros (Pueblo en Línea)