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Carta ao Povo Brasileiro

14.12.2008
 
Pages: 123

Antes que todo, es preciso reducir las tasas de intereses astronómicas practicadas en el Brasil.

Sin erradicar esa plaga, cultivada por los sectores interesados en transferir renta del sector productivo a los monopolios financieros, ninguna medida de combate a la crisis tendrá eficacia y ni siquiera será llevada a serio por los agentes económicos.

La propia imagen del Brasil en el G-20 sufriría un daño considerable si hiciese internamente lo opuesto de lo que nuestro presidente aprueba y defiende en las reuniones internacionales.

Paralelamente, es preciso intensificar el proceso iniciado por el gobierno Lula de fortalecer la acción del Estado en la economía, a través de la inversión pública, de la expansión del mercado interno, de la ampliación de la infraestructura, de la substitución de importaciones - y reforzarlo con el control sobre el flujo de capitales y la regulación económica estatal donde ella se haga necesaria. En una palabra: retomar y profundizar el proyecto nacional-desarrollista, cuyos cimientos fueron plantados en la era Vargas, y depositar en la basura de la historia los restos del modelo dependiente en su versión más extremada, la neoliberal.

El proyecto nacional-desarrollista tiene por base la alianza entre el Estado, los trabajadores y el sector privado nacional para defender el país de la vorágine de los monopolios y promover, simultaneamente, crecimiento económico y distribución de la renta.

Históricamente, cuando fue implantado, no tenía sentido hablar de monopolios nacionales, pues eran todos externos, aunque mantuviesen filiales en el Brasil.

Hoy, no se puede decir lo mismo. En el ramo financiero, en el de las telecomunicaciones, mineración, siderurgia, petroquímica, construcción y otros surgieron empresas nacionales - nueve entre diez cevadas a la sombra del criminal proceso de privatizaciones - que reproducen las prácticas anti-sociales de los monopolios externos y comparten con ellos el espacio en los mismos carteles para acaparar el mercado, despellejar consumidores, triturar proveedores y chupar al Estado, bloqueando, en consecuencia, el libre desarrollo de las fuerzas productivas nacionales.

Confundir esos sectores con el capital privado nacional no-monopolista sería un error de consecuencias desastrosas. La peor cosa que el gobierno podría hacerle al Brasil y a sí mismo en el momento de emplear el máximo de firmeza para conjurar la amenaza de penetración de la crisis sería facilitar a cualquier especie de monopolio privado el acceso a los recursos públicos, en detrimento de los sectores que pueden, de hecho, apalancar el desarrollo: el sector estatal y el sector privado nacional no-monopolista.

Al hacer balancear dentro de los EUA viejos mastodontes como el Citibank, la General Motors y otros tantos, la crisis internacional abre anchas avenidas para el desarrollo del Brasil. Pero ninguna de ellas pasa por el fortalecimiento de la acción de los monopolios en el interior de nuestra economía.

Muestra de eso fue dada con la escandalosa utilización del compulsorio por los bancos para adquirir patrimonios y no para liberar crédito conforme lo prometido; con las fraudes de la Odebrecht, a expensas del BNDES, en el Ecuador y en Venezuela; con las maniobras de la Vale do Rio Doce para catapultar el precio de los minerales; con el secuestro de las máquinas de los agricultores de Mato Grosso, por bancos que ni siquiera les prestaron recursos propios, pues operaban como repasadores de recursos del BNDES; con la reedición de la práctica terrorista de las montadoras de usar las vacaciones colectivas como prenuncio de demisiones, a pesar de recibir R$ 8 mil millones del sector público - Banco del Brasil y Nossa Caixa - para financiar las ventas de vehículos.

Es verdad que nuestro deber de brasileños nos obliga a asumir la defensa de cualquier empresa nacional (mismo monopolista) en las eventuales disputas resultantes de sus contradicciones con los monopolios externos, pues las primeras no tienen por meta remitir lucros - declarados o no - para fuera del país.

Sin embargo, lo más importante es dejar claro para el conjunto de la sociedad el antagonismo entre los monopolios privados de cualquier origen y la perspectiva de desarrollo con distribución de renta, lo único que interesa a los trabajadores y a la aplastante mayoría del empresariado nacional - pues crecimiento económico con concentración de la renta es, y no tiene como dejar de ser, la ante-sala de todas las crisis.

Al contrario de los monopolios externos, cuyos 500 mayores controlan a través de 420 filiales cerca de 40% de nuestra economía, los monopolios nacionales no llegan a dos decenas. A medio plazo, hay apenas dos posibilidades: ser tragados por monopolios externos o cruzar las fronteras para piratear a los vecinos. Como la formación histórica, social y cultural del Brasil es un poderoso freno al ejercicio del segundo papel, el camino que acabaría imponiédose sería la desnacionalización de esas empresas.

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