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El drama cubano y el silencio vaticano

23.04.2003 | Fonte de informações:

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A medida que pasan los días, se hace cada vez más enigmático, desconcertante y pesado el silencio de la diplomacia vaticana sobre la reactivación del "paredón" de fusilamiento y la ola de condenas de opositores en Cuba comunista. Silencio tanto más pesado cuanto clamorosa ha sido la insistencia de la Santa Sede alegando los derechos del pueblo iraquí y de las víctimas de la guerra.

La noticia sobre los fusilamientos y prisiones publicada en el Osservatore Romano, que incluye la escueta declaración de los obispos de Cuba, es un casi nada si se considera la gravedad de los hechos y de las circunstancias recientes, que afectan directamente a las víctimas y a sus familiares, pero también a 12 millones de mis hermanos cubanos esclavizados en la isla-cárcel desde hace más de 40 años.

El silencio vaticano sobre los 3 fusilamientos y las condenas de cárcel a 75 disidentes en Cuba me hace recordar el escandaloso episodio de la condecoración del tirano Fidel Castro por la Abadesa de la Orden de Santa Brígida, en marzo pp., con loas y abrazos a la siniestra figura de Castro ante las cámaras de televisión de Cuba, en presencia del Cardenal Crescenzio Sepe, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, que se encontraba en la isla. Una farsa tan chocante que hasta el, en muchas ocasiones, colaboracionista Cardenal Ortega, Arzobispo de La Habana, se negó a asistir a la misma.

El silencio vaticano sobre los recientes fusilamientos me trae a la memoria el episodio de los tres hermanos García Marín, que buscaron asilo en la Nunciatura de La Habana en diciembre de 1980, y fueron sacados de allí por agentes de la policía política cubana, que descendieron de un automóbil de la Nunciatura vistiendo ropas sacerdotales. Después, los tres fueron fusilados (cfr. Armando Valladares, "Contra toda esperanza", Plaza & Janés, Barcelona, 1985, cap. 48).

El silencio vaticano sobre los recientes fusilamientos en Cuba me recuerda también los gritos de "¡Viva Cristo Rey! ¡Abajo el comunismo!" que pude oír de tantos jóvenes católicos en la prisión de La Cabaña, antes de entregar su alma a Dios abatidos por las balas en el "paredón" (cfr. Armando Valladares, "Contra toda esperanza", Plaza & Janés, Barcelona, 1985, cap. 3); mártires de la fe para los cuales las figuras más representativas del exilio cubano solicitaron el inicio de un merecido proceso de beatificación, en carta entregada en la Secretaría de Estado del Vaticano el 14 de octubre de 1999, pedido que hasta hoy permanece sin respuesta.

Por fin, el silencio de la diplomacia vaticana sobre el drama de Cuba, en este momento y en estas circunstancias, contribuye objetivamente a aumentar el peor y más contradictorio de los caos, que amenaza tomar cuenta del mundo: el caos mental.

En cuanto católico y cubano me duele enormemente tener que efectuar estas públicas consideraciones, que hago como un descargo ineludible de mi conciencia, con toda la veneración debida a la Cátedra de Pedro; dolor mayor, talvez, que el de las peores torturas físicas que recibí en 22 años de cárcel, porque el sufrimiento espiritual es más profundo inclusive que el físico.

Postdata: Por razones de espacio no abordo en este artículo el peligro que representa, en el marco de una América Latina inestable, la continuidad de la dictadura castrista. Ésta cuenta con el apoyo del presidente venezolano Chávez, quien acaba de renovar el ventajoso contrato para el suministro de petróleo; y con la amistad del presidente brasileño Sr. Lula da Silva, quien durante su campaña electoral me acusó de "picareta" por mostrar documentadamente sus estrechas relaciones con el sanguinario dictador.

Actualmente, Lula guiña el ojo derecho al capital internacional, atrayéndolo y anestesiándolo con elevados intereses bancarios; y el izquierdo, a elementos brasileños procastristas que paulatinamente van ocupando espacios en el gobierno, como el Movimiento de los Sin Tierra (MST), los seguidores de la "teología de la liberación" y su eminencia gris, el Ministro de la Casa Civil, José Dirceu, un ex guerrillero entrenado en Cuba.

Por fin, la tibia y vergonzosa resolución sobre el régimen castrista recientemente aprobada en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, propuesta por algunos gobiernos latinoamericanos, muestra cuán débil es la voluntad política de éstos de oponerse al dictador Castro, cuyo embajador en Ginebra les profirió impunemente los mayores insultos. A pesar de que la medrosa resolución simplemente exhorta a La Habana a permitir la entrada de un relator, sin condenar absolutamente nada, ni siquiera así contó con el respaldo de los representantes brasileño y argentino que el día de la votación, Jueves Santo 17 de abril pp., se abstuvieron como Pilatos. No en vano afirmaron 23 religiosos cubanos del destierro: "El silencio frente al sufrimiento de Cuba es complicidad" (cfr. Agencia Católica de Informaciones, ACI, "Religiosos cubanos exiliados piden ayuda internacional para disidentes condenados", Abril 10, 2003).

Por Armando F. Valladares

Armando Valladares, ex preso político cubano durante 22 años, fue embajador de Estados Unidos ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra (administraciones Reagan y Bush); autor de las memorias "Contra toda esperanza" (1985) y de otros libros y artículos, entre los cuales "El pedido de perdón que no hubo: la colaboración eclesiástica con el comunismo" (2000).

 
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