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Obama na Casa Branca: As Expectativas e o Poder

23.01.2009
 
Pages: 12
Obama na Casa Branca: As Expectativas e o Poder

Obama en la Casa Blanca

Las expectativas y el poder

Por Ruiz Pereyra Faget

Montevideo

De 47 años de edad, negro, de padre kenyano, andariego. Alguna vez vivió en Jakarta, en Honolulú, en Los Ángeles, en Nueva York en Chicago. Conoce el mundo. En la adolescencia, probó la droga. Tuvo como guía espiritual al pastor negro Jeremías Wright de la Trinity United Church of Christ de Chicago y al pastor Jesse Jackson, -todos seguidores de Martin Luther King- pero habría estado relacionado, también con el Islam. Su segundo nombre es Hussein. Trabajó intensamente en tareas comunitarias. Es inteligente, abogado, culto, de palabra fácil y oratoria brillante. Fue Procurador de los Derechos Civiles en Chicago y profesor de Derecho Constitucional. Su carrera en la política nacional ha sido vertiginosa: en enero del 2005 ingresó al Senado y, a partir de ayer, es el 44º Presidente de los Estados Unidos de América, la principal potencia de la Tierra.

Todos estos son títulos que, en una verdadera democracia, alfombrarían el camino de un ciudadano a la cima del poder. Sin embargo, en los países cuya economía se basa en la propiedad privada –y Estados Unidos es la vanguardia del capitalismo mundial- para llegar a cualquier cargo público se necesita mucho dinero –ni qué decir para alcanzar la Presidencia de la República- y confianza de las estructuras económicas que configuran el Poder real del Estado.

Hace medio siglo, el sociólogo, C. Wright Mills, publicó un libro que le dio gran notoriedad: “La Élite de Poder”. Comparte el criterio de los que sostienen que una minoría es la que decide el rumbo de la nación y agrega: “El camino para comprender el poder de la minoría norteamericana no está únicamente en reconocer la escala histórica de los acontecimientos ni en aceptar la opinión personal expuesta por individuos indudablemente decisivos. Detrás de estos hombres y detrás de los acontecimientos de la historia, enlazando ambas cosas, están las grandes instituciones de la sociedad moderna. Esas jerarquías del Estado, de las empresas económicas y del ejército constituyen los medios del poder; como tales, tienen actualmente una importancia nunca igualada antes en la historia humana, y en sus cimas se encuentran ahora los puestos de mando de la sociedad moderna que nos ofrecen la clave sociológica para comprender el papel de los círculos sociales más elevados en los Estados Unidos”.

“En la sociedad norteamericana, el máximo poder nacional reside ahora en los dominios económico, político y militar. Las demás instituciones parecen estar al margen de la historia moderna y, en ocasiones, debidamente subordinadas a ésas. Ninguna familia es tan directamente poderosa en los asuntos nacionales como cualquier compañía anónima importante; ninguna iglesia es tan directamente poderosa en las biografías externas de los jóvenes norteamericanos como la institución militar; ninguna universidad es tan poderosa en la dirección de los grandes acontecimientos como el Consejo Nacional de Seguridad. Las instituciones religiosas, educativas y familiares no son centros autónomos de poder nacional; antes al contrario, esas zonas descentralizadas son moldeadas cada vez más por los tres grandes, en los cuales tienen lugar ahora acontecimientos de importancia decisiva e inmediata”.

“Las familias, las iglesias y las escuelas se adaptan a la vida moderna; los gobiernos, los ejércitos y las empresas la moldean, y, al hacerlo así, convierten aquellas instituciones menores en medios para sus fines. Las instituciones religiosas suministran capellanes para las fuerzas armadas, donde se les emplea como medios para aumentar la eficacia de su moral para matar. Las escuelas seleccionan y preparan hombres para las tareas de las empresas de negocios y para funciones especializadas en las fuerzas armadas. La familia extensa ha sido, desde luego, disuelta hace mucho tiempo por la revolución industrial, y en la actualidad el hijo y el padre son separados de la familia, por la fuerza si es necesario, siempre que los llame el ejército del Estado. Y los símbolos de todas esas instituciones menores se usan para legitimar el poder y las decisiones de los tres grandes”.

Coincidiendo con Mills, el Presidente Dwight Eisenhower, al abandonar el gobierno, el 17 de enero de 1961, ponía el acento en un terreno que conocía muy bien:”

“Hasta el último de nuestros conflictos mundiales, los Estados Unidos no tenían industria armamentística. América fabricaba arados y podía, con el tiempo y según fuera necesario, hacía también espadas. Pero ahora ya no podemos asumir el riesgo de la improvisación de la defensa nacional; nos hemos visto obligados a crear una industria de armamentos permanente de vastas proporciones. Añado a esto que tres millones y medio de hombres y mujeres están directamente comprometidos en la defensa. Anualmente gastamos en seguridad militar más que el ingreso neto de todas las empresas de los Estados Unidos.

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