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Colômbia: Falemos das torturas

12.05.2008
 
Pages: 123
Colômbia: Falemos das torturas

 Hablemos de las torturas

Por Maureén Maya

En Colombia, miles de personas fueron torturadas en batallones militares durante las últimas décadas. Estos casos no han sido denunciados con el despliegue merecido y el país se resiste a asumir sus evidentes costos. Es tiempo de hablar de las víctimas no reparadas de la tortura y de los militares condecorados por sus crímenes de lesa humanidad.

La actual crisis institucional, política y de valores que atraviesa Colombia, con todos sus anuncios decadentes, no es extraña, al contrario, es el claro resultado de un proceso histórico marcado por la complicidad institucional, la indolencia, el desvergonzado saqueo del erario público, la filtración de la mafia y la creencia de que todo es susceptible de ser comprado y que el crimen tarde que temprano se olvida. El fin justifica los medios, es la regla de oro de mediados y finales del siglo XX en Colombia, de hecho al actual mandatario, le cala muy bien. Se roba y se prostituye el alma y el cuerpo para pagar lipoesculturas, se tranza el destino del país para tener carros de lujos, rubias ensiliconadas y haciendas de gusto traqueto, se mata para garantizar supremacía en el poder y evitar la confrontación de las ideas. Vivimos bajo la ley del consumo en su máximo esplendor y en el más absoluto desprecio por la vida humana.

A lo lejos, bajo el puente presidencial que esgrime la bandera de la seguridad, está la miseria que nadie quiere ver, niños barrigones, desnutridos, mujeres como esqueletos ambulantes, hombres sin provenir y sin derechos. Desplazados, aterrados, encerrados y desterrados; tal como ayer; esa es la realidad de nuestra patria y cierto es, no podría ser de otra manera; es lo que desde el silencio, la cobardía y el cinismo hemos construido como sociedad.

Cuando se avanza en el camino del encubrimiento cínico, de la hipócrita permisividad y de la indiferencia social no se puede esperar una nación limpia, sana democráticamente o que este orientada hacia la consolidación de un Estado soberano, en paz, con desarrollo y prosperidad. Nada mejor que un Estado controlado por mafias asesinas, podemos tener.

Si quisiéramos echar un vistazo a nuestro pasado para encontrar el punto exacto en el que se perdió el rumbo, tendríamos que reconocer o que siempre estuvo perdido o que sucedió hace tantas décadas atrás que sería difícil precisar en que momento se gestó el horror que recién enfrentamos hoy en día o quienes fueron sus directos responsables. Es difícil saber porque en ello se conjugaron tantos elementos a fin de garantizar la permanencia en el poder de una clase social, excluyente y perversa que ni siquiera los rostros de los últimos siete u ocho mandatarios podrían darnos la respuesta; tras ellos estaba una oligarquía criminal, una dirigencia corrupta permeada desde hace por lo menos 30 años por el narcotráfico, unas Fuerzas Armadas adiestradas para asesinar en total impunidad, una Iglesia de derecha, que siempre se hizo la de la vista gorda frente a los crímenes porque sólo le interesaba mantenerse como aliada de un poder que se legitimaba a través del engaño, la compra de conciencias y el delito. Uribe es el resultado de todo eso, no hay porque alarmarse.

Hace rato perdimos la cuenta de las masacres que nunca fueron investigadas, de los delincuentes premiados y nombrados en cargos diplomáticos en el extranjero, del número de violaciones a los derechos humanos encubiertas por el Estado, de los lideres asesinados o desaparecidos; si acaso, a veces recordamos que un partido político fue exterminado bajo el silencio cómplice de varios gobiernos de turno que jamás se atrevieron a levantar la voz para censurar las persecuciones y menos para impulsar las debidas investigaciones o al menos para brindar protección a los sobrevivientes, muchos de los cuales viven sólo porque partieron para el exilio, y habrá uno que otro, como Ricardo Palmera, que optó por la lucha armada.

En Colombia, se calcula que bajo el régimen de Turbay fueron torturadas en batallones militares cerca de 15 mil personas, la Corte Suprema de Justicia llevaba 1.800 procesos cuando se produjo la toma del Palacio de Justicia, no se sabe con exactitud cuantas personas fueron desaparecidas por agentes uniformados que portaban armas de uso privativo del ejército, y jamás estos militares fueron ni siquiera señalados, investigados o de algún modo sancionados.

Y era natural, no tenían porque ser siquiera amonestados cuando ese era el procedimiento habitual, lo que garantizaba el ascenso en las carreras militares, y esto se siguió reproduciendo hasta nuestros días. Ahora por vez primera en la historia se encierran a algunos mandos por haber desaparecido civiles y guerrilleros en la toma del Palacio de Justicia, pero hay que ver la calidad de sus reclusiones, las libertades y los lujos de los que gozan burlando, una vez más, la justicia colombiana. Es decir, cuando la sanción debería ser ejemplar porque además de sus delitos, traicionaron la confianza de la sociedad, de las instituciones, usaron las armas, su poder y el uniforme para cometer actos criminales y encima se garantizaron impunidad, son llevados a clubes militares donde los soldaditos les sirven de mucamas y de meseros y encima, nos dicen que eso es justicia!. ¡Por Dios!!!

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